ABRIL 2026
Este artículo está escrito por Carmen Castro, coach de salud mental
Boletín Mensual
El lenguaje del dolor
Jean-Michel Etienne, Ph.D.
Durante una conversación con una de mis clientas, me di cuenta de que había un tema recurrente. A menudo pregunta: «¿Por qué seguir recordando el pasado? ¿Por qué hacernos daño con viejos recuerdos?» Me explicó que, cada vez que pasa tiempo con su hermana, sus conversaciones acaban inevitablemente girando en torno a experiencias dolorosas de la infancia. Su respuesta habitual es: «Eso es cosa del pasado. Esas personas ya no están. Olvídalo».
Cuando le pregunté por el razonamiento que sustentaba su perspectiva, ella citó con seguridad las Escrituras: «Olvidad lo anterior; no os detengáis en el pasado» (Isaías 43:18). Además, afirmó: «Dios perdona y olvida todo».
Esta conversación se me quedó grabada y me llevó a reflexionar sobre una verdad significativa: el trauma que se ignora permanece sin sanar.

El lenguaje del dolor
¿Por qué las personas vuelven continuamente al pasado y repiten recuerdos dolorosos?
Para ilustrarlo, imagina esta situación: alguien te empuja, lo que te hace caer y te hace lesionar la rodilla. Esa persona se marcha sin ofrecerte ayuda. Más tarde, llegas al trabajo, todavía molesto y con dolor, y le cuentas el incidente a un amigo, expresando tu frustración, ira y dolor.
Después de escucharte, tu amigo responde: «Venga ya, eso pasó hace horas. Déjalo estar».
¿Cómo te sentirías en esta situación?
¿Qué pensamientos te vendrían a la mente?
Este escenario nos ayuda a comprender el lenguaje del dolor.
El lenguaje del dolor se manifiesta cuando las personas expresan indirectamente el dolor que llevan consigo a raíz de un trauma. Debido a la vergüenza, el miedo o la intensidad emocional, es posible que no digan: «Estoy profundamente herido». En su lugar, se comunican mediante quejas, historias repetidas, frustración o ira.
Para los demás, estas expresiones pueden parecer agotadoras o irritantes. En consecuencia, las personas pueden retraerse o distanciarse, sin darse cuenta de que están dejando a alguien que busca ayuda en silencio.
Dos respuestas diferentes
Volvamos al ejemplo anterior.
En el primer escenario, la amiga le resta importancia a la situación. La persona herida se siente peor: no solo físicamente dolida, sino también emocionalmente desatendida. Esta falta de validación transmite un mensaje dañino: «Tu dolor no importa». Este tipo de respuestas pueden provocar heridas emocionales más profundas, como el rechazo, la desconfianza y el resentimiento.
En el segundo escenario, la amiga responde con empatía. Observa la lesión, ayuda a cuidar la herida y escucha con atención. Ofrece un espacio tanto para el dolor físico como para el emocional.
Esta respuesta empática fomenta una sensación de seguridad, aporta alivio e inicia el proceso de sanación.
Empatía: un puente hacia la sanación
Desde una perspectiva bíblica, la empatía refleja el carácter de Cristo. Jesús no ignoró el dolor; se conmovió de compasión (Mateo 9:36). Las Escrituras nos llaman a adoptar esta mentalidad (Filipenses 2:5) y a amarnos profundamente los unos a los otros (Juan 13:34–35).
La empatía implica más que una comprensión intelectual; requiere elegir acercarse, escuchar y preocuparse. A través de la empatía, el consuelo de Dios puede fluir a través de nosotros.
Desde la perspectiva de la salud mental, la empatía es transformadora. Cuando las personas se sienten escuchadas y validadas, su estado emocional comienza a estabilizarse. El estrés y la ansiedad disminuyen, y se restaura una sensación de seguridad. Este proceso favorece la sanación emocional y fortalece la resiliencia.
Por el contrario, la falta de empatía puede intensificar el dolor, lo que da lugar al aislamiento, la tristeza y, potencialmente, a la depresión.
Un llamado a la conciencia
Actualmente, la sociedad se enfrenta a una crisis creciente de salud mental. En muchos casos, el problema surge no solo de las experiencias de las personas, sino también de la ausencia de alguien que escuche de verdad.
Cuando las personas hablan de su pasado, no se limitan a recordar acontecimientos; revelan que el dolor sigue presente. Se comunican en un lenguaje que trasciende las palabras.
Las Escrituras nos recuerdan: «Alégrense con los que se alegran; lloren con los que lloran» (Romanos 12:15).
Conclusión: un llamado a la acción
Estamos llamados a servir como instrumentos de sanación.
Cuando alguien expresa dolor, ya sea a través de la repetición, la frustración o el silencio, no lo ignoremos. En cambio, escuchemos con atención, respondamos con compasión y proporcionemos un espacio seguro donde pueda comenzar la sanación.
Busca el discernimiento de Dios para percibir más allá de las palabras y reconocer el corazón que hay detrás de ellas.
Detrás de muchas quejas, ira o distancia emocional, a menudo hay una persona herida: alguien que se siente invisible, ignorada e incomprendida.

